Hoy, día 10
de septiembre de 2018, empiezo una de las etapas más importantes de mi vida.
Más importante que Primaria y que la ESO juntas. Muchos pensaréis que estoy
exagerando, que Bachillerato no es para tanto. Si os dijera que llevo todo el
verano escuchando a la mayoría de mis amigos comentar cosas horribles a cerca
de Bachiller como os sentiríais, confiado no sería la palabra idónea.
He pasado
toda la noche en vela, un tópico del día antes de empezar el instituto otra
vez, pensando en el increíble verano que he pasado y en lo bien que me
encontraba. Por otra parte, le daba vueltas a la cabeza pensando en cómo serían
los profesores y mi clase, buena, mala, aceptable, mediocre, mejorable o
asquerosa. En fin, no os quiero relatar toda mi noche ya que si escucháis todas
mis penurias y amarguras tarde o temprano vuestro grado de tristeza aumentaría
repentinamente una barbaridad.
Llegó la
mañana del 10 de septiembre. Fui al baño, me aseé, apagué el despertador con
rabia, me cambié, desayuné y me puse mi mochila andrajosa y pesada. Esa mochila
no sólo cargaba libros, sino que cargaba pensamientos y emociones a raudales.
Siempre sigo
una ruta bastante transitada por lo que no solía haber problemas ni mal
ambiente. Ese día estaba bastante observador. Pude observar a gente con
preocupaciones iguales o superiores a las mías, niños que derrochaban felicidad
por donde pisasen y ancianos que disfrutaban su día a día como si fuese el
último, pero había algo que me incomodaba, una sensación amarga que me recorría
hasta el último nervio de mi cuerpo. Notaba una mirada atenta pero
despreocupada, una mirada triste y rasgado. En efecto, notaba que me seguían y
no me sentía cómodo.
Empecé a
andar más rápido, por suerte, al ser el primer día de clase, no llevaba muchos
libros. Noté los pasos muy cercanos, sorteando a la gente que se le cruzaba en
su camino, no paraba. Mi respiración se aceleraba, mi corazón latía rogando
clemencia, no podía aguantar más. Pensé por un segundo girarme, total, era una
calle muy transitada, qué puede llegar a pasar. Mis instintos impulsivos
reaccionaron y logré girarme con dificultad cuando de pronto una figura
corpulenta se abalanzó sobre mí. En ese momento no pude moverme, estaba
congelado, me pitaban los oídos. Esa figura me estaba intentando decir algo,
pero yo hacía caso omiso. Pasaron 6 segundos hasta que pude reconocer la
gravedad de la situación.
Ese hombre
sólo me estaba diciendo que se me había abierto la mochila. Se habían caído
todos los libros, pero por suerte, el señor los había cogido. Además, no sólo
había cogido los libros, sino que me había salvado de una buena. Había cogido
mi móvil justo antes de que se cayera. No sabía qué decir, estaba todavía muy
agitado. Al final acabé esbozando una sonrisa, agradeciéndole la buena acción
que había hecho.
Al llegar al
colegio, sentí una oleada de alegría al ver a todos mis amigos reunidos. Todos
nosotros sabíamos que nos habían fragmentado por clases, pero, en ese momento,
nos daba igual la situación. Podía notar en las caras de mis amigos
preocupación y nervios. Pero, a medida que iba transcurriendo la mañana, todos
esos nervios iban desapareciendo.
Fue una
mañana tranquila, tuvimos varias presentaciones y un video de bienvenida. Más
tarde nos llevaron a las clases y allí pudimos ver al tutor/a que nos había
tocado.
Hoy, día 11
de octubre de 2018, a vísperas del puente de la Hispanidad, os puedo asegurar
que Bachiller no es tan malo. Es verdad que tenemos que estudiar el triple que
antes, es verdad que hay que trabajar mucho y hay un cambio importante, pero,
como todo en la vida, es un trabajo que queremos realizar para que el camino
que compondrá nuestro futuro sea más llano. Cada paso que demos, será un paso
menos para llegar a nuestra meta y si nuestro camino es llano, nuestro esfuerzo
será menor.
0 comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.