martes, 16 de octubre de 2018

Mi inicio de curso- nº6


Hoy, día 10 de septiembre de 2018, empiezo una de las etapas más importantes de mi vida. Más importante que Primaria y que la ESO juntas. Muchos pensaréis que estoy exagerando, que Bachillerato no es para tanto. Si os dijera que llevo todo el verano escuchando a la mayoría de mis amigos comentar cosas horribles a cerca de Bachiller como os sentiríais, confiado no sería la palabra idónea.

He pasado toda la noche en vela, un tópico del día antes de empezar el instituto otra vez, pensando en el increíble verano que he pasado y en lo bien que me encontraba. Por otra parte, le daba vueltas a la cabeza pensando en cómo serían los profesores y mi clase, buena, mala, aceptable, mediocre, mejorable o asquerosa. En fin, no os quiero relatar toda mi noche ya que si escucháis todas mis penurias y amarguras tarde o temprano vuestro grado de tristeza aumentaría repentinamente una barbaridad.

Llegó la mañana del 10 de septiembre. Fui al baño, me aseé, apagué el despertador con rabia, me cambié, desayuné y me puse mi mochila andrajosa y pesada. Esa mochila no sólo cargaba libros, sino que cargaba pensamientos y emociones a raudales.

Siempre sigo una ruta bastante transitada por lo que no solía haber problemas ni mal ambiente. Ese día estaba bastante observador. Pude observar a gente con preocupaciones iguales o superiores a las mías, niños que derrochaban felicidad por donde pisasen y ancianos que disfrutaban su día a día como si fuese el último, pero había algo que me incomodaba, una sensación amarga que me recorría hasta el último nervio de mi cuerpo. Notaba una mirada atenta pero despreocupada, una mirada triste y rasgado. En efecto, notaba que me seguían y no me sentía cómodo.

Empecé a andar más rápido, por suerte, al ser el primer día de clase, no llevaba muchos libros. Noté los pasos muy cercanos, sorteando a la gente que se le cruzaba en su camino, no paraba. Mi respiración se aceleraba, mi corazón latía rogando clemencia, no podía aguantar más. Pensé por un segundo girarme, total, era una calle muy transitada, qué puede llegar a pasar. Mis instintos impulsivos reaccionaron y logré girarme con dificultad cuando de pronto una figura corpulenta se abalanzó sobre mí. En ese momento no pude moverme, estaba congelado, me pitaban los oídos. Esa figura me estaba intentando decir algo, pero yo hacía caso omiso. Pasaron 6 segundos hasta que pude reconocer la gravedad de la situación.

Ese hombre sólo me estaba diciendo que se me había abierto la mochila. Se habían caído todos los libros, pero por suerte, el señor los había cogido. Además, no sólo había cogido los libros, sino que me había salvado de una buena. Había cogido mi móvil justo antes de que se cayera. No sabía qué decir, estaba todavía muy agitado. Al final acabé esbozando una sonrisa, agradeciéndole la buena acción que había hecho.

Al llegar al colegio, sentí una oleada de alegría al ver a todos mis amigos reunidos. Todos nosotros sabíamos que nos habían fragmentado por clases, pero, en ese momento, nos daba igual la situación. Podía notar en las caras de mis amigos preocupación y nervios. Pero, a medida que iba transcurriendo la mañana, todos esos nervios iban desapareciendo.

Fue una mañana tranquila, tuvimos varias presentaciones y un video de bienvenida. Más tarde nos llevaron a las clases y allí pudimos ver al tutor/a que nos había tocado.

Hoy, día 11 de octubre de 2018, a vísperas del puente de la Hispanidad, os puedo asegurar que Bachiller no es tan malo. Es verdad que tenemos que estudiar el triple que antes, es verdad que hay que trabajar mucho y hay un cambio importante, pero, como todo en la vida, es un trabajo que queremos realizar para que el camino que compondrá nuestro futuro sea más llano. Cada paso que demos, será un paso menos para llegar a nuestra meta y si nuestro camino es llano, nuestro esfuerzo será menor.

0 comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.